podium presidencial
Hace algunas semanas, un ex asesor de La Moneda proclamaba orgulloso por Twitter que el de Piñera era el primer gobierno en tener a todas sus  autoridades de primera fila con una cuenta propia en la red de microblogging, como señal de modernidad, apertura y grandeza comunicacional.
Aparte de la ternura que genera considerar que Twitter nació a fines de marzo de 2006, por lo que sólo el actual gobierno ha tenido la opción de nacer en dicha red social, un rápido análisis de la actividad twittera de ese primer gabinete pone paños fríos a la ciega satisfacción del ex asesor: durante el primer año del gobierno de Piñera, sólo 11 de sus 22 ministros twittearon al menos una vez. De ellos, casi todos ya contaban con presencia en Twitter. Las 11 cuentas ministeriales que no se movieron durante el primer cuarto de la administración, flotaban inexpresivas por el ciberespacio con miles de seguidores.
Lo anterior, que podría parecer casi anecdótico, es más bien algo sintomático de la gran enfermedad de este gobierno que ya termina: su genética tosquedad comunicacional.
Como es esperable al final de todo gobierno democrático que cuente con una oposición activa, estos últimos días de gobierno las páginas de los medios se llenan de evaluaciones positivas y negativas de lo que Piñera ha hecho en reconstrucción, victimización, empleo y crecimiento económico. Sin embargo, cuesta encontrar a quien defienda, con objetividad y sin respirar por la herida, la política comunicacional del gobierno. Y es que el de Piñera ha sido una administración que ya se exhibe, junto con la de Mariano Rajoy en España, como un buen ejemplo del costo político y social de una comunicación henchida de torpeza.
Lo que el propio Piñera, sus ministros y, peor aún, su equipo comunicacional no entendieron en casi 1.500 días de gobierno, es que desde al menos una década vivimos en tiempos de administrar emociones y no de enrostrar cifras.
El rescate de los 33 mineros en octubre de 2010 se asomó como una franca mejoría que algunos diagnosticaron como el inicio de una nueva actitud frente a la transmisión de mensajes. Pero finalmente, se supo que no era más que esa engañosa calma que precede a la tormenta. Efectivamente, la esmerada puesta en escena en el Campamento Esperanza, la rítmica entrega de mensajes alentadores y la sugerente administración de la atención que el mundo puso en nosotros, a la larga se vio descolorida por la incapacidad —en primer lugar del propio Presidente— de poner fin a una narración redonda.
En mayo de 2011 ya Pablo Longueira daba un diagnóstico bastante certero al afirmar que tanto al gobierno como al Presidente les faltaba un relato, pero esa y otras críticas fueron prontamente barridas bajo la alfombra sumando al senador como Ministro de Economía. Luego de eso, un par de libros y un puñado de artículos se publicaron en torno al “relato” del gobierno, pero la idea se diluyó, posiblemente, ante la incomodidad de reconocer los errores.
Lo que sí es un hecho, es que la responsabilidad de esta torpeza que cruza 4 años de gobierno no recae ni de cerca en una sola persona, en su pifia a la hora de pronunciar ciertas palabras, en los tics que no logra controlar del todo, o en tropiezos —algunos físicos— que se tengan en terreno. Para nada.
El gran responsable parece ser la soberbia de un equipo que, una de dos: o no supo leer las claves de la Comunicación Política moderna y dio prioridad a la cosmética de corto alcance; o sencillamente se dejó seducir por la comodidad ingenua de quienes piensan que, incluso hoy, la Comunicación está sobrevalorada frente al peso del hecho concreto. El gobierno ya termina y poco queda por hacer a este respecto. Sin embargo, entre los múltiples desafíos que vive la centroderecha chilena está el de alcanzar una autocrítica profunda a la manera en la que no sólo el gobierno, sino todo ese sector político enfrenta la Comunicación. Las recientes cuatro candidaturas presidenciales de centroderecha o la próxima creación de una fundación para “defender” un legado son la evidencia empírica de este apremiante desafío.
 
Alberto López-Hermida | @albertopedro
Doctor en Comunicación Política por la Universidad de Navarra, España
Profesor de la Universidad de los Andes