entrega de la piocha
El salón de honor del Congreso chileno fue hoy escenario del traspaso del mando de Sebastián Piñera a Michelle Bachelet, una ceremonia que a muchos de los invitados les recordó la celebrada hace cuatro años, solo que esta vez fue a la inversa y sin temblores de 6,9 grados en la escala Richter.
 
Porque si el 11 de marzo de 2010 fue la gobernante socialista la que entregó la banda presidencial y la estrella del libertador Bernardo O’Higgins ante la ansiosa mirada de Piñera, hoy fue él quien tuvo que desprenderse de los atributos que le identificaban como jefe del Estado chileno para cedérselos a Bachelet.
 
La liturgia de la alternancia en el poder estuvo cargada de simbolismo y emotividad, pero también de improvisación y anécdotas.
 
Empezando por el hecho de que siete mandatarios extranjeros llegaron al Congreso Nacional después de que arribara el presidente Piñera, lo cual hizo que la solemne ceremonia empezara quince minutos después de lo previsto.
 
Y terminando porque a la salida varios de ellos quedaron atrapados en medio de tumultuosas melés en las que carabineros, periodistas y personal de seguridad trataban de descender por la escalinata del edificio.
 
El retraso permitió a parlamentarios, ministros e invitados hacer uso y abuso de sus dispositivos móviles para inmortalizar el día en que unos llegan como autoridades y se marchan como ciudadanos de a pie y otros experimentan la metamorfosis inversa.
 
La algazara reinante hoy en el salón de honor del Congreso contrastó con el silencioso nerviosismo de hace cuatro años, cuando las fuertes réplicas del terremoto que pocos días antes había asolado Chile hicieron temer que se suspendiera la ceremonia.
 
Y mientras el coro entonaba “Te recuerdo Amanda”, del cantautor chileno Víctor Jara, asesinado días después del golpe militar de 1973, hicieron su aparición los rostros juveniles del Parlamento, los ex líderes estudiantiles que hace tres años iniciaron las protestas contra el sistema educativo chileno.
 
Camila Vallejo, la emblemática dirigente del movimiento que puso en aprietos al Gobierno de Piñera, apareció llevando en brazos a su pequeña hija Adela, de apenas cinco meses, y se sentó junto a Yasna Provoste, la ministra de Educación de Michelle Bachelet a la que la derecha consiguió apartar del cargo.
 
Poco después llegaron sus compañeros Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Karol Cariola, vistiendo de manera desenfadada y manifestando su ansiedad por llevar al Parlamento las demandas que durante meses reclamaron en las calles.
 
Otra forma de manifestación fue evidente hoy en las filas de la derecha, concretamente en las solapas de varios de sus parlamentarios que portaban unas enormes chapas en las que se podía leer “SOS Venezuela”.
 
Los legisladores aludían así a la situación en ese país, donde desde mediados de febrero una ola de protestas contra el Gobierno ha causado al menos 21 muertes y cientos de heridos.
 
El presidente de Venezuela fue el gran ausente de esta ceremonia. Nicolás Maduro había anticipado que viajaría a Chile para asistir a la investidura de Bachelet, pero en vísperas de la jornada decidió suspender la visita.
 
Sin embargo, Venezuela estuvo en la mente y las gargantas de un grupo de militantes comunistas que se congregó frente al edificio del Parlamento para expresar su apoyo a los mandatarios de la izquierda latinoamericana.
 
Con banderas rojas y carteles en los que celebraban la presencia comunista en un gabinete cuarenta años después del Gobierno de la Unidad Popular, los manifestantes vitorearon a la salida del Congreso al canciller venezolano, Elías Jaua, y a los presidentes de Bolivia, Argentina, Brasil y Ecuador.
 
El más efusivo fue el gobernante ecuatoriano, Rafael Correa, que detuvo el vehículo oficial para estrechar manos e intercambiar impresiones con el grupo, que le dedicó una sonora pitada a la comitiva del vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden.
 
No fue el único momento incómodo para el representante del Gobierno estadounidense, a quien los servicios de protocolo ubicaron junto al príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, durante la investidura.
 
Todo transcurría con normalidad hasta que terminó la ceremonia y las ansias de muchos invitados por sacarse una foto conjunta (“selfi”) con el heredero de la Corona española provocaron que Biden quedara arrinconado hasta que sus escoltas acudieron en su ayuda.